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La complicidad de la madera

by Magda Muñoz
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La complicidad de la madera

Eran las 17 horas, las cortinas de la casa se mecían suavemente con la pequeña brisa que se colaba, esa mínima ráfaga de viento daba un giro justo frente a la escalera y luego se escurría bajo la puerta de la habitación. Allí alguien dormía profundamente, su pecho se veía subir y bajar despacio, el cabello caía desordenado en la almohada, solo eran unas cuantas mechas. Tenía su cabeza tapada por las mantas que apenas le daban abrigo, pero no se podía distinguir de quién se trataba.

El resto de la casa parecía estar suspendida en una pausa. Sin embargo, llegaban los sonidos de las bocinas a lo lejos, podía distinguirse la risa de un hombre con voz ronca, los ladridos de unos cuantos perros, un joven ofreciendo gas a buen precio y el tic tac del reloj que estaba justo al lado de la puerta de entrada. En el baño del primer piso, una gotera disfrutaba de su propio ritmo, constante desde hace como 2 semanas y olvidada. Esa suerte de invisibilidad que creía que le era propia la hacía feliz, si te hubieras acercado, habrías distinguido ese leve brillo plateado en la superficie de cada gota.

Pero hoy no vine a contarte sobre eso, si no de otra cosa, más imperceptible y pasada por alto que ello. La ventana de la habitación del segundo piso, donde se escuchaba la respiración, alojada entre medio de las ropas de cama, tenía una sombra. Esa sombra estaba quietecita, parecía dar la sensación de ser algo tímida y también de estar expectante, como si sospechara que algo estaba a punto de ocurrir. Ella, por supuesto, tenía razón. Si no, no habría tenido motivos para contarte esto.

Como a eso de las 18:30 horas se produjo un evento frecuente y poco frecuente al mismo tiempo, disculpa que lo describa así, pero ya entenderás que es ambas cosas al unísono. La madera de la casa se despertó sobresaltada, había logrado percibir un crujido que recorrió toda la casa, para ella fue algo tremendamente espantoso, como si de pronto hubieran gritado las palabras más horrendas que te puedas imaginar y angustiada comenzó a revisar que parte de sí misma podría haber producido tan cruento sonido.

Revisó los cimientos de la casa, quizás era verdad que había ratones y se la terminarían royendo a ella también. Pero no, no era eso, se percibió la techumbre por si en alguno de los nidos ya habrían abierto los cascarones los polluelos de paloma, nada. Estaba segura que las termitas no le darían esos problemas, la habían fumigado hacia apenas 2 semanas y el experto había dicho que estarían a salvo por lo menos por 6 meses. Ella nunca había tenido termitas, pero la dueña había visto en las noticias que había una plaga en no sé qué ciudad y había decidido tomar precauciones. Así que eso tampoco era. Detuvo su atención al lado de la sombra de la ventana. “Creo que tienes una pregunta – le dijo a la sombra de la ventana – pero como tú eres tan reservada seguro que no me inquietarás con ella”. La sombra estaba perfectamente detenida en su lugar, su silencio era intenso. La madera suspiró.

Las sabanas de la cama se apretaron con un poco más de fuerza a la piel, habían sentido esa gota, que pareció perforar toda la mejilla mientras se deslizaba por su rostro. La cama pareció comprimirse un poco, la madera percibió con claridad la situación y entendió que era su momento de crujir. Había caído la noche y no era de buena educación dejar a alguien agrietarse por dentro solo. Pareció un leve temblor, muy sutil, infinitamente leve. Las cosas se movieron un poquito de lugar y eso fue todo.

 

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