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Ese momento

by Magda Muñoz
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Ese momento

Sentada en la cama que ya no te da ni un poco de calor, sabiendo que ese era el momento, antes, había estado la habitación llena de conversaciones que nunca se lograban terminar, era como una lluvia copiosa de invierno que nutría cada espacio. Campos de trigo en verano, árboles repletos de manzanas, duraznos frescos y perfectos, sabores y olores que bañaban el aire de aromas indomables y deliciosos.

Era una madrugada como cualquier otra, no se celebraba nada en especial, ni era el santo de alguien conocido, ni un cumpleaños, un día como mañana o pasado, uno de esos que todos se olvidan. No estaba cercano a navidad, ni año nuevo, ni semana santa o algún feriado. Era sábado. Y se escuchaba el murmullo emitido por los que sueñan, descansos profundos y también algunos ronquidos. Se podía ver por la ventana que ese día estaría lleno de nubes. Bajar los pies de la cama atemorizaba un poco, porque era partir, ordenar las cosas, sumarlas al bolso, no dejar nada atrás.

El sonido de las aves se hacía sentir y el café no se serviría solo, tomar la taza y esperar a que el agua hirviera. La cocina era la misma, las ollas colgadas, los platos sucios, los condimentos y aliños perfectamente ordenados. Beber ese café entendiendo que todo era liviano y se escaparía en la memoria, ese espacio desaparecería al dar los pasos hacia fuera.

Lavarse los dientes, ordenar el cabello, mirar el rostro que del otro lado del espejo decía que todo estaría bien, era el momento. Dos semanas después ya no quedaba nada y era real, esa sensación silenciosa que se colgaba del corazón, era una intuición. Y una voz interna lo sabía, lo decía despacio y lentamente, para que se pudiera procesar con tranquilidad y digerir sin problemas.

¿Sabes de lo que hablo verdad? De eso que sentiste el día en que terminaste el colegio, el instituto, la universidad, eso que pasó en ti cuando renunciaste a ese trabajo o te echaron, de lo que te ocurrió al día siguiente de cuando terminaste esa relación que no te llevaba a ninguna parte, de eso preciso, filoso, exacto, de esa realidad innegable. De la lágrima que se deslizo por dentro, del frío, esa distancia espantosa que apareció entre ustedes, de ese día en que supiste que no había vuelta atrás.

Colocarse los zapatos y saber que no ibas a volver a pisar ese lugar, nunca más, nunca, nunca más. Y, como tú lo hiciste, me fui. Salí de ese lugar, caminé hacia el portón, abrí la puerta, sin mirar atrás, caminé por esa calle cuyo nombre ya no importa y me alejé. El día estaba nublado y sí, hizo algo de frío. Tomé otro café en un lugar cercano mientras veía la gente pasar, historias desconocidas, rostros olvidados, todo se desdibujó y se quedó sentado en esa silla.

Saber, con esa certeza, cuando es el final es una peculiar habilidad. Es un entendimiento que no puedes ignorar y seguirlo, porque sabes que es lo mejor que puedes hacer, por ti, por el otro, por todos. Soltar, para que el futuro llegue y sea mejor, mucho mejor que el hoy que abandonas. Respirar profundo, confiar, liberarse, entender que esto es perfecto, te fuiste justo cuando debías, luego de ello era solo sufrimiento, dolor, angustia y tormento. Entonces te vas, me fui, nos fuimos y no volvimos nunca más, eso era un final, eso era preciso y precioso, era perfecto.

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