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Culpa

by Magda Muñoz
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Culpa

5 días después al teléfono

– Hola?

– Hola! Cómo has estado?

– Bien bien

– Hace días que no te veo, cuando regresas a trabajar?

– En 15 días más, cómo va todo?

– Estás mejor?

– Mmm… ya pasó lo peor…

– Quieres hablar?

– No, quiero descansar

– Cuídate

– Sí, Ana, no te preocupes

15 días después en un café

Sentado bajo un quitasol espera su expreso y a Luis su primo. Su cabello se ve algo desahuciado, tiene la barba de algunos días y hoy siente hambre. Así que pide un sándwich por mientras. Luis llega pronto, atrasado como siempre, cargado de planos de la casa que está diseñando y se los muestra. Le indica cada detalle agregado y lo insta a avanzar con el proyecto. Interrumpe la conversación…

– Es mi culpa…

– Qué? Por qué piensas eso?

– Estoy seguro de ello

– Tú no tenías cómo saber que esto iba a pasar

– Pero debí saberlo

– Cómo? No seas ridículo, estaba todo muy normal, cómo podrías haberlo advertido? No, no, no… además, de qué te sirve pensar eso? Mira revisemos esta habitación en especial, quiero enseñarte los azulejos que…

– Luis, veámonos otro día mejor

– Qué? Pero… tenemos tiempo!! Te pondrás a pensar en todo eso y no te hará bien, vamos esto te distrae por lo menos…

– No, sorry, me voy… aquí está mi parte de la cuenta… otro día ok?

– Ok

Y ahí se queda Luis viéndole alejarse, suspirando profundo, con una mano apoyada en su cabeza, mientras la mueve de un lado a otro. Seguramente pensando que esto no va bien, que se va a deprimir, que no le hacen bien esos pensamientos. Se queda un tiempo más, se termina su café y se va a seguir trabajando en ese y otros proyectos.

45 días después en su casa

Todo va bien, había terminado de limpiar el departamento y por fin se veía un lugar decente para vivir. Suena el celular y se ve claramente en el visor “mom”. Contesta y se ve inmerso en una alegre conversación, ríe, habla sin parar de sus proyectos, que salió hace un par de días con alguien y le pareció interesante, cuenta cosas que al parecer nunca antes había contado con tanta pasión y detalles, hay una energía liviana a su alrededor. Pareciera que el aire fresco que entra por la ventana, es aún más fresco ese día. Camina por la habitación, sonríe, sus ojos se ven con un brillo vital, escucha con atención, vuelve a entrar en la cocina, se sirve un vaso de agua que deja encima de la mesa, abre el refrigerador y saca una fruta.

Del otro lado, la voz suave le da consejos, que se tome las cosas con calma, que tenga paciencia, que disfrute, salga, podría hacer un viaje y despejarse un poco, quizás incluso cambiarse el estilo de cabello, ríe por la sugerencia, se gira y escucha tras de sí el sonido de una taza estrellándose contra el piso, se queda en total mutismo, palidece y deja caer el celular mientras se gira para contemplar los trozos de una taza en el piso. Estalla en llanto, un llanto copioso y lleno de angustia, se arrodilla al lado de la taza y golpea el piso, con fuerza y angustia, con desesperación.

No podría precisar cuanto tiempo pasa hasta que se escuchan golpes en la puerta y una voz del otro lado que dice que abra. Pero en su estado de congelamiento no le permite reaccionar con la velocidad que debería, suena el timbre, la voz del otro lado le dice que abra por favor. Sus lágrimas mojan su rostro y una de sus manos ha empezado a sangrar. Observa esa gota con atención y se levanta, va a la puerta y le abrazan, comienza a sentir la calidez y respira profundo. Le dicen que está todo bien, que ya está todo bien, que no se preocupe. Cristián entra corriendo y comienza a revisar las habitaciones hasta que llega a la cocina, ve la taza y la limpia lo más rápido que puede, echándola en una bolsa y sacándola del departamento, arrojándola en el basurero. Regresa y levanta el celular del piso, le habla a la persona del otro lado que ya están ahí, que se quedarán un tiempo más, que no se preocupe.

Su padre le lleva a la habitación y le ayuda a acostarse, se queda a su lado, cierra las cortinas. Se queda a su lado, hasta que se duerme.

65 días después en el almacén de siempre

Despacio, sus pasos eran lentos, se deslizaba por el local con la lista de compra en la mano, la misma de siempre, ni siquiera era su letra. Entonces la vió, la taza de fondo rosa con el girasol en el centro, sonrió y sus ojos se llenaron de nostalgia. Dejó la lista encima del mostrador y la taza, mientras echaban las cosas dentro de unas bolsas de papel, recorrió el local, tomó un cepillo de pelo, un desodorante de mujer con aroma de pepino verde y unas coletas de colores. Don Raúl le dijo que ya estaba todo listo y fue a pagar, agregando estos otros objetos y sonriéndole. El señor le miró con extrañeza, pero no le dijo nada al respecto, quizás no lo consideró apropiado.

Al llegar a casa, se fue directo a la cocina, guardó los víveres y dejó la taza encima de la mesa, respiró profundo y sonrió. Se fue al baño y dejó encima el cepillo de pelo, lado del grifo, algunas coletas las dejó al lado del vaso de cepillo de dientes, combinaban perfecto con uno de los cepillos y las otras las dejó encima del velador de la pieza continua a la suya. Se sacó los zapatos y se metió dentro de la cama, respiro profundamente y el sueño se dejó caer, profunda y suavemente. Durmió bastante bien.

93 días después en casa de sus padres

La casa está llena de gente, hay una energía extraña en el ambiente, complicidad, cariño, mucho cariño en realidad, flores en cada mesa, girasoles, margaritas, azucenas, la mesa está servida y una torta de cumpleaños que sacan del refrigerador, colocan unas velas encima, alcanzo a ver 21 velas de colores, que llevan a la mesa del comedor donde están todos sentados. Papá se levanta y agradece a todos por estar ahí, por haber venido como cada año, sonríe, cuenta algunas anécdotas, hermosas historias en verdad, explica algunas cosas importantes y como esto les sirve a todos, que no se hará para siempre, pero que es apropiado ahora, que no lo podían dejar pasar y se le quiebra la voz. Se produce un silencio, de esos que están llenos de palabras y comprensión.

– Es mi culpa…

Todas las miradas se van hacia la voz que rompió ese momento, miradas extrañadas, algunas cabezas que se mueven de un lado a otro, la persona a su lado le pone una mano sobre el hombro, le intenta calmar. Pero se pone de pie y continúa.

– Es mi culpa, sé que es mi culpa. Cuando tenía 5 años escuchamos un frenazo y el chillido de un perro, corrió hacia allá y cubrí sus ojos, yo cubrí sus ojos y entonces, no vió, no vió lo que pasó, porque yo cubrí sus ojos.

Bebió un poco de agua y miró a papá.

– Esa vez que me agarré a combos con el Juan, ella, ella llegó después a la enfermería y le dije que se diera vuelta, que no me mirara porque tenía la cara hinchada. Que viniera después y ella vino cuando ya estaba todo bien. Y cuando fue el funeral de la abuela, jamás dejé que mirara su ataúd, yo no la dejé, por eso no entró y nos quedamos fuera de la iglesia mientras hacían la misa. No la dejé entrar cuando robaron nuestra casa, yo la llevé a casa de la tía, sí tía, yo fui. Yo la llevé a tu casa, recuerdas que te pedí que si nos podíamos quedar contigo? Y nos quedamos ahí hasta que ya todo pasó, volvimos, habían menos cosas, pero la casa estaba bien, las ventanas ya estaban reparadas y todo estaba más tranquilo. Cuando me robaron la bici, le dije que se la había prestado al Luis y vendí otras cosas, me compré la misma bici y le dije que el Luis ya no la necesitaba, que ya podíamos salir en ella de nuevo y que la usara cuando quisiera. Yo, fui yo, es mi culpa, yo cubrí sus ojos, yo fui, ella nunca vio nada de eso, es mi culpa…

Las lágrimas otra vez y mamá explicándole que no fue así. La angustia, la ansiedad y la respiración que apenas te sale y entra. El cansancio en tu rostro, otra vez, otra vez y otra vez… Me gustaría decirte, querido hermano, que cuando cerré los ojos ese día al cruzar la calle no fue tu culpa, sonaba “Let me kiss you” de Morrisey en mis audífonos, no venía nada, vi a ese ave muerta en la calle y me dolió, fui irresponsable, no sabía lo que iba a pasar, subí la música en la mejor parte y pasé por su lado cerrando los ojos, no escuché al auto, no lo escuché. Se que no puedes verme, ni puedes sentirme, pero sigo viviendo contigo y estando contigo, hasta que estés mejor, hasta que entiendas que no fue tu culpa, no lo fue.

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