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Brisingamen

by Magda Muñoz
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Brisingamen

Llegamos al punto donde cayó el avión al mediodía. En las cercanías, un individuo de expresión demacrada, enfundado en un abrigo negro, hacia apuntes en una libreta que parecían tener cierta envergadura. Cuando nos acercábamos a la zona, uno de los militares que nos recibió nos explicó que no se podían sacar fotografías ni hacer filmaciones, al parecer el escenario era decadente y efectivamente así era. Además de los restos del avión desparramados por esas tierras, casi desérticas que evocaban un extraño holocausto, los cuerpos de los pasajeros no habían sido movidos del lugar donde cayesen y se encontraban en plena descomposición. Había unas veinte personas realizando investigaciones, buscaban el motivo y llevaban ya una semana sin encontrarlo, sin embargo, el hedor parecía tenerlos indiferentes, tanto como las diversas aves que surcaban los cielos esperando la oportunidad de devorar la carne descompuesta.

El primer día, mi desayuno fue vaciar mi estómago en un abundante vómito, todo había comenzado a afectarme: la reacción indiferente hacia los cuerpos de los pasajeros, el hedor, las aves carroñeras, el calor sofocante, la ausencia de árboles que te proveyeran sombra, la imposibilidad de bañarse, la incomodidad del campamento que precariamente se había levantado en el lugar, todo me parecía asqueroso.

El motivo que me tenía allí no era suficiente. Mi jefa, una importante jueza, me había encargado que supervisara la investigación dado que dentro de la carga venía una caja llena de joyas, de un valor, según ella, incalculable. Dentro de esas joyas, lo que le preocupaba, era una réplica del Brisingamen, un poderoso collar de ámbar que, según contaba el mito, le perteneciera a la diosa escandinava Freyja. Aunque me había proporcionado una orden judicial que me permitía revisar la carga del avión y sus restos, todavía no me habían autorizado a realizar tal labor, lo que me producía una profunda angustia y un asco creciente.

Al segundo día, me sentí perdiendo la razón… durante la noche algunas de las aves devoraron parte de los cuerpos que todavía estaban tirados y los militares lo único que hicieron fue balear a las aves, cuyos cadáveres se encontraban al lado de lo que habían estado devorando. No aguanté más y sin esperar su autorización, me puse unos guantes y me metí dentro de los restos del avión, tenía que encontrar esa caja pronto. No pude estar tres minutos, el hedor era terrible y podía darme cuenta que estaba perdiendo el sentido de la realidad.

Al sacarme, a la fuerza claramente, pude encender mi celular y leer un mail urgente. En el se me advertía que no podría regresar sin esa replica, que al parecer había sido usurpado y que probablemente había sido esa acción la que lo habría activado de una forma inesperada. Patrañas para ejercerme presión, obviamente.

Al tercer día, estaba fuera de mí. Vomitaba cada media hora y no podía pensar, al encontrar la dichosa caja, advertí que no estaba el supuesto importante collar, pero encontré en el cuello de una azafata la réplica que tanto le interesaba a la jueza y su belleza me hizo sentir repugnancia, esa mezcla de lo sagrado, la tierra sucia y rostros inexpresivos me tenía enferma. Solo quedaban siete personas, a parte de mí, en el campamento. Me puse el collar, sentí una fuerte determinación y fui por un arma. Después de veinte minutos ya me sentía tranquila, tomé la caja y ordené mis cosas.

Cuando al cabo de diez días volví al trabajo, me sentía yo nuevamente, en las noticias aun buscaban al sospechoso de la matanza, no había ni un solo testigo, recibí la bonificación negociada, dejé el collar en su lugar y todo lo demás, quedaría en silencio conmigo.

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1 comment

LP-Blue abril 15, 2016 - 9:02 pm

Resulta inusualmente oscuro para lo que he leido de ti, pero de alguna forma es como idoneo para un trailer, pienso. Me muero de ganas por saber como seran los proximos.

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